24 de marzo: pasado y presente.

hace 11 meses - NACIONALES

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Por: Facundo Delgado 22 de Marzo, 2025-Hablar hoy del 24 de marzo en Argentina resulta imposible sin trazar las continuidades y supervivencias del horror de la dictadura en la textura social de la experiencia de nuestra cotidianidad actual.


Se podría evocar la fecha desde un sentido conmemorativo trayendo al presente los "recuerdos" de lo ocurrido en los años de plomo argentinos. Recordamos que la última dictadura cívico-militar llevó adelante una política sistemática de persecuciones, secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones de militantes políticos y revolucionarios. Bajo eslóganes de una "refundación nacional" y de "lucha contra la subversión" el gobierno procesista consagró una maquinaria exterminadora que articuló metodologías genocidas que pusieron en cuestión los límites entre lo legal (leyes "antisubversivas") y lo ilegal (secuestros a manos de grupos de tareas y concreción de tormentos clandestinos). Un mecanismo de aniquilación física y subjetiva (que fue legal en toda regla en tanto la sociedad consintió y dejó actuar) para terminar de quebrantar las voces disidentes ante la implantación de un neoliberalismo salvaje.

Las formas del terror de la dictadura han dejado fracturas traumáticas insalvables de sentido. La destrucción económica, la pauperización de las condiciones de existencia y la filtración de las lógicas concentracionarias a las vidas cotidianas de la sociedad fueron algunas de esas estacas que quedaron enclavadas en nuestra cultura nacional. Los desaparecidos se consagraron como la figura paradigmática argentina: aquellas personas que fueron sustraídas y cuyos paraderos de sus cuerpos en muchos casos aún siguen siendo ocultados por los represores. Son aquellos que quedaron con vidas truncas, que no tuvieron un entierro o despedida hasta que algún día sus cuerpos fueran encontrados y se reclamara para sí una sepultura que finalizara su existencia. Fue incluso el mismo Jorge Rafael Videla quien propició una definición acerca de la entidad de los desaparecidos como una "entelequia", como sujetos que no están ni vivos ni muertos, sino en una tensión ambigua y desconcertante.

Como es sabido, el período concentracionario que comenzó en 1976 se caracterizó por la ejecución de un proyecto de refundación social y moral para trastocar de manera cabal la vida en el país. Las discursividades difamantes circulantes en momentos previos a la dictadura, que auguraban un orden y progreso perdidos y malversados por la "subversión", sirvieron de precondición dóxica para las atrocidades por venir. La naturaleza de la dictadura procesista fue de otro tipo a los anteriores golpes y gobiernos autoritarios del pasado nacional, ya que las violaciones masivas a los derechos humanos perpetradas por las Fuerzas Armadas y de seguridad situaron al período en una "lista de regímenes autoritarios -de naturaleza y temporalidades diversas- que perpetraron procesos de exterminio masivo por motivos político-ideológicos, étnicos, religiosos o de cualquier otro signo, en la línea de las principales masacres del siglo XX"[1]. La dictadura, al igual que otros acontecimientos traumáticos genocidas de la historia, configuraron transformaciones paradigmáticas en lo material y lo simbólico. 


En tiempos donde las lógicas represivas del gobierno de Javier Milei y Patricia Bullrich continúan intensificándose, la tarea que nos convoca no es sólo la de proveer un comentario o reconstrucción de lo acontecido en la historia reciente. Por el contrario, una reflexión acerca del 24 de marzo se presenta en estas circunstancias como forma de establecer un vínculo con el pasado en tanto inquietud con un presente donde retorna el mal radical, donde se ven los límites inconclusos de nuestras barreras convivenciales contra la perversidad.

En el último año se ha planteado en una gran diversidad de conferencias, paneles y artículos la ruptura del "pacto" del Nunca más. Ese "pacto", citado así entre comilla y con cautela, designaría un momento histórico social particular donde el enjuiciamiento de los crímenes de la dictadura y la sucesiva implementación de acciones y políticas de recuerdo habrían compuesto una suerte de consenso, un muro perimetral contra la maldad. Cabría poner en tela de juicio si tal consenso sobre los crímenes del pasado tuvo lugar en Argentina, o si, más bien, esta presunción de existencia no derivó de una serie de discursividades estatales que instalaron un "espíritu de época" que daba ilusión de verdad a este "pacto". 

Podemos estar seguros que el número de los 30.000 desaparecidos (cifra abierta hasta el día de hoy por el ocultamiento de los paraderos de las víctimas) siempre fue relativizado y minimizado, que siempre revoloteó en el espacio público el fantasma de los "dos demonios", y que no ha faltado un sector de la sociedad que reclamara la vuelta de los crímenes contra la humanidad en nombre de un saneamiento ideológico, étnico y racista de la sociedad.

No está mal decir que las viejas formas de los exterminios vuelven a aparecer en los momentos actuales que nos tocan vivir. En primer lugar, resurgió hace ya un tiempo la descarga de municiones discursivas estigmatizantes lanzadas para criminalizar a las disidencias políticas. En los setenta la dictadura llevó a cabo un proceso de adjetivaciones y sustantivación de la militancia política como "subversivos", "comunistas", "sediciosos" o "terroristas", estrategia que a su vez posibilitó deshumanizar y despersonalizar a las víctimas volviéndolas seres anónimos y matables, una mera cifra de bajas. Hoy esta misma lógica recae de nuevas maneras a través de palabras como "kukas", "kirchneristas", "zurdo" o "barrabrava", apostando por establecer un manto de sospecha que deslegitime la expresión del malestar popular y habilite las vías discursivas para la represión. Clasificaciones inventadas para justificar y avalar delitos.


Fue este el recurso que utilizó Patricia Bullrich para referirse al caso de Pablo Grillo, un fotoperiodista independiente herido de gravedad tras un ataque de las fuerzas, alegando que la víctima solo se trataba de un "militante kirchnerista" para justificar el atentado contra la vida del joven. La escena se completa con el video del efectivo de seguridad subido al camión hidrante, cuyo grito "corran zurdos" resumió la persecución, la violencia y la detención arbitraria de manifestantes en la marcha del pasado 12 de marzo.

La forma en que se ha ramificado el horror en nuestro tiempo tiene tanto cuotas de crueldad como de consentimiento que autorizan las operaciones perversas contra las capas más desprotegidas de la sociedad. Una ola de brutalidad festiva de la sociedad alienta las persecuciones y acosos digitales y físicos, los despidos y los actos desalmados contra aquellos que rechazan y reclaman por la destrucción de sus condiciones de vida. Por otro lado, una gran porción de la sociedad también consiente estos actos. Los "ignora" o decide "no saber nada", hacer como que todo sigue su curso común cuando a la luz suceden acontecimientos que llevan a millones de vidas al límite de su subsistencia. 


Es bajo la forma de este consentimiento, de dejar que los sucesos pasen sin más, donde se inscribe un discreto legado que heredamos de la dictadura. Se hace como si no pasara nada cuando cada vez más una parte de la sociedad cae en la pobreza y en la indigencia, cuando se les priva a jubilados y pacientes oncológicos de sus medicamentos esenciales, cuando se lotean los bienes y patrimonios del país, o cuando se acuerda una nueva deuda con el FMI, y la lista sigue. Se consienten los atropellos actuales a los derechos y a la humanidad tanto como en reiterados hechos del pasado. Es este consentimiento, en el dejar actuar y acontecer sin cuestionamientos masivos, una de las condiciones que nos imposibilita poner un límite al horror.

Debemos estar seguros de que, si en Argentina ocurrieron los crímenes contra la humanidad de la dictadura, no estamos exentos de que no vuelvan a ocurrir. Aquello inenarrable sucedió en un lugar y en un tiempo y, por lo tanto, algo similar podría volver a ocurrir en algún probable presente o futuro de seguir, así las cosas, bajo nuevas configuraciones políticas, discursivas y represivas. El solo hecho de que el exterminio haya acontecido es razón suficiente para afirmar que siempre podrá suceder dadas las circunstancias.

Estamos en un momento donde el recrudecimiento de la represión alcanza puntos de inflexión. Aparecen amenazas directas de voceros y funcionarios que se extienden por las redes sociales y la vía pública queriendo provocar el miedo y el temor. Se delinean operaciones policiales cinematográficas con infiltrados con el objetivo de provocar, incentivar y justificar la violencia y el amedrentamiento contra personas. También, aparece el campo popular articulando una sumatoria de indignación, cansancio, valentía y compromiso para defender al otro ante los reiterados ataques enviados del gobierno. En este clima cabe la pregunta de si seremos capaces de ponerle un freno al odio y a la descomposición de nuestro país. Para ello hay que pronunciar el "nunca más" no como un eslogan o una frase que designa una tarea lograda y finalizada. Se trata de no ponerle un punto de sutura, sino de estar atento a las alarmas que se encienden en momentos como los de ahora ante el retorno de lo macabro y de manifestar la frase como un deseo y compromiso con la humanidad.

  (El autor es Docente-investigador de la UNNE y el CONICET)



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