Biometría de la conducta- Cuando nuestros últimos diez "me gusta" nos delatan.

hace 1 semana - TECNOLOGIA

Tiempo de lectura: 3 minutos, 15 segundos

3 de Marzo, 2026-El ADN sirve para identificarnos en un sentido biométrico y administrativo; la huella digital, para reconstruir nuestra vida cotidiana: hábitos, relaciones, rutinas.


En  el entorno digital, nuestros "me gusta" y nuestros clics revelan hábitos, vínculos, rutinas y preferencias.

   En una escena del crimen, un cabello puede ubicar a alguien en un sitio concreto. En internet, en cambio, los "likes" no solo registran dónde estuvimos y a qué hora, sino que permiten construir un perfil, anticipar decisiones y orientar nuestra conducta.

   Lo determinante no es un dato aislado, sino la suma de múltiples señales diminutas. El sistema no pregunta "¿quién es usted?", sino "¿a qué hora se conecta?", "¿desde qué dispositivo?", "¿qué contenido mira después?", "¿cuánto tiempo permanece ahí?". No necesita exactitud absoluta: basta con una alta probabilidad para tratarnos como si fuéramos la misma persona.

   En esa certeza estadística reside el verdadero poder. Tendemos a pensar que nuestra identidad se reduce a lo que pensamos o, en el plano burocrático, a un expediente. Sin embargo, para la maquinaria económica que extrae y procesa datos, somos —ante todo— lo que hacemos.

   Y cuando una empresa logra prever nuestro próximo movimiento, también puede reforzarlo: insistir con un estímulo, ajustar un anuncio con la frase precisa, activar la emoción adecuada para inclinarnos hacia una decisión. Ahí comienza una biometría más inestable pero más influyente: la biometría del comportamiento.

Biometría invisible

   Es necesario ampliar el concepto de biometría. Ya no se limita a un cabello, una huella o un iris. Nuestra conducta también nos define y, bajo la lógica del mercado, se ha convertido en un recurso altamente codiciado.

   Para dimensionar esta transformación conviene entender cómo opera la biometría tradicional. Un lector de huellas o un escáner de iris no guarda una imagen literal del cuerpo. Traduce rasgos físicos en un modelo matemático: identifica puntos clave, patrones y texturas, y los convierte en datos numéricos.


¿Quiénes somos?

   Identificar consiste en comparar esos datos con los almacenados en una base previa. El sistema mide similitudes y, si las diferencias son mínimas, determina que hay coincidencia.

   Como suele ocurrir en el mercado, cuando algo puede cuantificarse surge de inmediato una industria dispuesta a apropiárselo. La biometría anatómica abrió un vasto campo de explotación del cuerpo. Lo vimos en empresas que instalaron escáneres en estaciones de trenes, centros comerciales o barrios populares, ofreciendo dinero a cambio de capturar el iris de los transeúntes; incluso pagando por obtener una "fotografía artística" del ojo. Aprovechando la desinformación, adquirieron identidades permanentes a muy bajo costo.

Intermediarios de la intimidad

   Estos negocios no han desaparecido; se han expandido hacia la comercialización de la conducta. El núcleo técnico de este mercado lo operan los data brokers, compañías de legalidad dudosa que venden perfiles conductuales. Alegan que sus bases carecen de nombres propios, pero en la era del big data la anonimización es frágil: basta combinar código postal, fecha de nacimiento, género y patrones de navegación para aislar un perfil único.

   Para sostener esta maquinaria, instituciones y empresas despliegan campañas invasivas. Nos obligan a escanear códigos QR, descargar aplicaciones para estacionar o acceder a descuentos, consultar horarios de transporte mediante plataformas digitales. Son embudos diseñados para captar datos en tiempo real —qué usamos, cuándo, dónde— que luego se comercializan.

   La respuesta no puede limitarse a la resignación ni al reproche moral de "leer mejor los términos y condiciones". Se requiere una política estructural que desmonte la infraestructura de vigilancia que nos fragmenta y nos vuelve vulnerables a la manipulación.

   La neutralidad de la red debe entenderse de manera amplia: implica impedir que las empresas exploten nuestros datos de navegación o alteren, filtren y manipulen nuestra experiencia digital.

La neutralidad como trinchera

   Frente a esta vigilancia, la demanda política pasa por prohibir la especulación con nuestros datos conductuales, exigir transparencia algorítmica y frenar la recopilación masiva de información.

   De lo contrario, el ecosistema digital se precariza para el llamado "proletariado digital" —todos los usuarios—, cuya atención se convierte en fuente constante de extracción de valor.

   Recuperar el control no es una quimera tecnológica: las herramientas para proteger identidad y privacidad existen. El dilema es político. ¿Exigiremos a los gobiernos que resguarden nuestra integridad, o permitiremos que las plataformas sigan ejerciendo un control invisible y sin consecuencias sobre nuestras vidas?

Fuente: diarionorte.com


TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR