hace 6 años - PROVINCIALES
Tiempo de lectura: 5 minutos, 46 segundosLa empatía, esa capacidad para ponerse en el lugar del otro, que aprendió a desarrollar durante su carrera le sirvió a Héctor para acompañar con más recursos a su hija, en su lucha contra la enfermedad.
Por Monica Andrada
El diploma que cada egresado recibe, tras años de formación, durante el tradicional acto de colación, está cargado de historias personales, muchas de ellas desconocidas, que resumen no sólo las largas horas de estudio sino también el constante trabajo de adaptación a lo que la vida va proponiendo en el camino.
Algo así podría decirse que sucedió con Héctor Alberto Coronel, el joven que soñaba con estudiar Medicina y que ante la imposibilidad económica de su familia para sostener sus estudios fuera de la provincia terminó inclinándose por enfermería hasta convertirse en licenciado.
De una sola cosa estaba seguro, quería dedicarse al cuidado de la salud, sin siquiera sospechar que su formación académica le iba a permitir sortear con mayor entereza uno de los momentos más difíciles de su vida: la detección de tumores oculares en los ojos de Aroma Camila, su pequeña hija de 2 años, quien luego de una batalla que lleva librando hace 5 años, lo acompañó también a recibir su título, durante una emotiva ceremonia en el paraninfo de la Universidad Nacional de Santiago del Estero.
Recién hoy, con todo lo vivido, Héctor puede mirar hacia atrás y unir los puntos del camino recorrido, encontrando en él las respuestas a los ‘para qué’, que reemplazaron a los primeros ‘por qué’.
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Se había recibido de enfermero universitario. Consiguió trabajo en el servicio de hemodiálisis de un centro privado adonde conoció a Daniela Mansilla, hoy su esposa. Tuvieron a su primer hijo, Lautaro Valentín y, después de cinco años, a Aroma. El dinero que ganaban con el trabajo de ambos lo invertían en su vivienda y en mayores comodidades para la familia. A los dos años de la pequeña, nació su tercer hijo, Constantino Salvador. La vida transcurría sin sobresaltos. Hasta que comenzaron a darse cuenta que uno de los ojitos de Aroma, el derecho, se desviaba. Fueron a la consulta con la Dra. Patricia Larcher suponiendo que podría tratarse de estrabismo. Pero no. Tras varios estudios rigurosos le diagnosticaron retinoblastoma bilateral, un tipo de cáncer que se da con una incidencia de 4 cada millón de niños, y la derivación fue inmediata. Tenían que viajar con urgencia al Hospital Garraham.
En sus años como enfermero jamás había escuchado de tumores oculares. Tanto Héctor como Daniela sentían que se enfrentaban a algo completamente desconocido. Les costó aceptar la gravedad de la enfermedad hasta que fueron tomando conciencia de las decisiones que iban a tener que tomar.
“Desde el primer momento, los médicos nos hablaron con la verdad. Nosotros nos fuimos a Buenos Aires con la idea clara que lo que había que priorizar era la vida de nuestra hija, porque lo más probable era que Aroma perdiera sus dos ojitos y que quedara ciega”, recuerda Héctor y agrega: “En el Garraham nos volvieron a hablar de prioridades: primero la vida, después rescatar la visión de alguno de sus ojitos y en último término, la estética”.
Con la incertidumbre y los miedos atravesándolos por completo, Héctor y su esposa dejaron a su hijo mayor, de solo 5 años al cuidado de un familiar, y viajaron con Aroma y el bebé de apenas un mes sin saber qué tiempo les demandaría la estadía.
Los médicos del servicio de Oftalmología del Hospital Garraham los esperaban con toda la información que les habían proporcionado sus colegas de Santiago del Estero. Y después de los estudios de rigor los pusieron delante de otra decisión importante. Había que enuclear el ojo izquierdo de Aroma, es decir, eliminar el globo ocular por completo e iniciar un tratamiento, que le permitía volver a la provincia cada 20 días, y que solo se realizaba en la Clínica Suizo Argentina, para retrasar la enucleación del otro ojo.
Fue en esa época, cuando las cosas iban recobrando una aparente calma, que Héctor decidió retomar sus estudios. “La idea siempre ha sido la de la superación personal. Pero además de eso, analizando la situación, ya que mi señora había renunciado a su trabajo para poder darle a Aroma los cuidados que necesitaba por su tratamiento, yo pensaba en el futuro y en dar lo mejor para mi familia”.
No obstante, si algo le enseñó la profesión y el cáncer que enfrentaba su hija con apenas dos años, fue “priorizar”, a la hora de la toma de decisiones. Por eso, sus estudios se desarrollaban con continuidad mientras Aroma se mantenía estable. De lo contrario, Héctor volvía a pausar su carrera como Licenciado en Enfermería, la que le llevó cinco años, tiempo en el que experimentó en carne propia lo que leía en los libros.
“El arte de nuestra profesión es el cuidar; el brindar cuidado y el de estar al cuidado de una persona. Y en ese cuidar también está nuestra familia, además de nuestros pacientes, y nosotros mismos”, apunta Héctor.
Y hay otro conocimiento teórico que vio materializarse en su hija: el poder de adaptación de los pacientes. “Mi profesión me ha ayudado muchísimo para acompañar no solo a Aroma sino a mi familia, porque en esto de la licenciatura se lee mucho de teoría y mi teorista, con cuyo material trabajé para mi tesis, Callista Roy, en los años 70 escribió sobre la adaptación de los chicos, la capacidad que tienen para adaptarse al entorno que los rodea. Uno lo va trabajando y lo va elaborando. Al ver la adaptación de nuestra hija ante cada nuevo desafío, siempre nos decimos si ella se adapta, cómo no hacerlo nosotros. Si ella tiene fortaleza, cómo vamos a flaquear nosotros”, confiesa Héctor.
Aroma mantuvo la visión de un solo ojito, el derecho, hasta los 4 años (hoy tiene 7), hasta que no hubo más alternativa que llevar adelante una nueva enucleación, la que la dejó completamente ciega. Los controles continuaron y en febrero de este año protagonizó una recaída que obligó, en agosto pasado, un autotrasplante de médula ósea, porque se detectaron células de retinoblastoma en su brazo izquierdo, algo considerado también una “rareza” por el equipo del Hospital Garraham que investiga su enfermedad.
Los análisis de su “médula nueva” no registran señales del cáncer, lo cual significó una doble alegría y le permitió a Aroma acompañar a su padre durante el acto de colación.
“Son cosas que la vida va poniendo y lo único que nos queda es tomar lo mejor de esos momentos de la vida para seguir caminando juntos en un solo rumbo. Aprendimos a vivir el día a día, disfrutando de cada momento, sin pensar demasiado en el futuro”.
“Nos recibimos los dos”
A raíz de los tratamientos a los que les pone el cuerpo Aroma Camila, desde los dos años, no era seguro de que la pequeña pudiera acompañar a su padre, Héctor Alberto Coronel durante el acto de colación en el que recibió el título de Licenciado en Enfermería. Sin embargo, los buenos resultados de sus últimos análisis, le permitieron estar presente, y subir al escenario junto a él, para recibir el diploma.
“Cuando recibí mi título levanté su mano también en alto porque lo que quería mostrar era el gesto de fortaleza de mi hija, que siempre ha estado a mi lado, aunque no hayamos estados juntos físicamente muchos meses por sus tratamientos. Pero ella siempre ha estado ahí, en mi pensamiento, en mis emociones. Recibir con ella el título fue como terminar diciendo nos recibimos los dos...”, cuenta Héctor.
22-12-19 Fuente y foto: EL LIBERAL