Críticos mensajes de la Iglesia responsabilizan a la dirigencia política por la crisis económica y social

hace 3 años - POLITICA

Tiempo de lectura: 7 minutos, 28 segundos

"Vivimos momentos muy difíciles en nuestro país, asistimos a una cierta descomposición de los vínculos entre actores sociales, reina la profunda desconfianza, se usa un lenguaje agresivo"


16/04/2022 - 00:01 Política

El presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), Oscar Ojea, advirtió que en el país asiste a una "descomposición de los vínculos entre actores sociales" y a una "profunda desconfianza" ante lo cual reclamó "entendimiento entre la dirigencia" para poder "atender las necesidad más urgentes" de la población.

"Vivimos momentos muy difíciles en nuestro país, asistimos a una cierta descomposición de los vínculos entre actores sociales, reina la profunda desconfianza, se usa un lenguaje agresivo, muchas veces se maltrata; todo esto entretiene en un sentido y hace perder de vista el problema fundamental: como atender las necesidades de nuestro pueblo, especialmente las necesidades más urgentes", sostuvo.

En su mensaje por Pascua, el obispo de San Isidro subrayó que "el tema de la alimentación pasa a ser un tema fundamental, como el tema del cubrir todas las necesidades primarias". "Al mismo tiempo también tenemos que decir que para la creación de nuevas fuentes de trabajo se necesita mucha creatividad y mucho entendimiento entre la dirigencia", precisó.

Invitó a la dirigencia a "poner por encima de todo, las necesidades del pueblo". "Que no nos distraigamos en posicionamientos hacia el futuro, que nos distraigan y nos quiten la atención de las necesidades fundamentales. Estamos al servicio de nuestro pueblo y a él tenemos que atender", remarcó.

Ojea rogó que "la Virgen nos conceda ocuparnos de lo esencial, somos responsables todos, unos de otros, en mayor o en menor medida y no podemos mirar para otro lado".

Obispos de Santiago del Estero

Por su parte los obispos de la provincia (ver documento completo) resaltaron que "la crisis económica se manifiesta en mayor pobreza, menos oportunidades de trabajo, disminución en el acceso a los bienes y servicios de primera necesidad que garantizan una vida digna, etc".

Subrayan que "reconocemos heridas que afectan al tejido social, relaciones contaminadas por el egoísmo, la avaricia o por la agresividad que nos enfrenta y divide, la insuficiencia de propuestas superadoras de nuestros dirigentes y múltiples causas que conducen al detrimento moral y espiritual de nuestro pueblo".

Agregan que "todo ello también nos interpela como Iglesia en nuestro modo de estar presente, en nuestro acompañamiento y en nuestras respuestas que no siempre son adecuadas y acordes al espíritu evangélico. Jesús sigue prolongando su Pasión. Sigue siendo crucificado en las personas que pasan hambre cada día, en las víctimas de las guerras, que padecen todo tipo de crueldad y atrocidades, en los que están sujetos a condiciones indignas de vida y de trabajo, en los que son marginados y discriminados, en los que padecen las injusticias y la violencia".

 "Justamente, al besar la Cruz del Señor expresamos que pretendemos asumir todas las heridas de la humanidad, las recibidas y las inferidas, las que los otros nos han infligido y las que nosotros hemos provocado, para ser sanados, para comprometernos a poner todo lo mejor a fin de transformarlas, para que de ese dolor transfigurado brote la redención y salvación que Cristo nos ofrece".

Reflexionan que la Resurreción "es confesar la convicción de que el mal, las tinieblas y la muerte no tienen el dominio definitivo. Descubrimos con certeza que acogiendo la ofrenda de Cristo en la Cruz al expirar, cuando entrega su vida por nosotros, nos hace respirar y revivir desde el amor; nos permite experimentar el poder y la dulzura de la Resurrección y nos deja entrar en su dinamismo que se revela como alegría y fuerza para la vida nueva.

“Descubrimos al resucitado en los signos de vida presente entre nosotros”

Mensaje de Pascua de los obispos de Santiago del Estero: monseñor Vicente Bokalic CM (Santiago del Estero) monseñor José Luis Corral (Añatuya), monseñor Enrique Martínez Ossola (auxiliar de Santiago del Estero). “Hay rostros y rastros de Cristo Resucitado”.

En esta Pascua queremos acercarnos a cada comunidad de las Diócesis de Santiago del Estero y de Añatuya, a cada hermano y hermana, para saludarle cordialmente y compartir la alegría del anuncio que Cristo ha Resucitado.

Sabemos que vivimos, como país y como provincia, situaciones difíciles tras la pandemia. La crisis económica se manifiesta en mayor pobreza, menos oportunidades de trabajo, disminución en el acceso a los bienes y servicios de primera necesidad que garantizan una vida digna, etc.

También reconocemos heridas que afectan al tejido social, relaciones contaminadas por el egoísmo, la avaricia o por la agresividad que nos enfrenta y divide, la insuficiencia de propuestas superadoras de nuestros dirigentes y múltiples causas que conducen al detrimento moral y espiritual de nuestro pueblo.

Todo ello también nos interpela como Iglesia en nuestro modo de estar presente, en nuestro acompañamiento y en nuestras respuestas que no siempre son adecuadas y acordes al espíritu evangélico. Jesús sigue prolongando su Pasión. Sigue siendo crucificado en las personas que pasan hambre cada día, en las víctimas de las guerras, que padecen todo tipo de crueldad y atrocidades, en los que están sujetos a condiciones indignas de vida y de trabajo, en los que son marginados y discriminados, en los que padecen las injusticias y la violencia.

 Justamente, al besar la Cruz del Señor expresamos que pretendemos asumir todas las heridas de la humanidad, las recibidas y las inferidas, las que los otros nos han infligido y las que nosotros hemos provocado, para ser sanados, para comprometernos a poner todo lo mejor a fin de transformarlas, para que de ese dolor transfigurado brote la redención y salvación que Cristo nos ofrece.

Celebrar la Pasión y la Resurrección del Señor como creyentes es confesar la convicción de que el mal, las tinieblas y la muerte no tienen el dominio definitivo. Descubrimos con certeza que acogiendo la ofrenda de Cristo en la Cruz al expirar, cuando entrega su vida por nosotros, nos hace respirar y revivir desde el amor; nos permite experimentar el poder y la dulzura de la Resurrección y nos deja entrar en su dinamismo que se revela como alegría y fuerza para la vida nueva.

En cada victoria de la justicia, de la solidaridad, de la comunión, resucitamos al amor. También entre nosotros somos capaces de reconocer signos de vida y esperanza, signos que nos convocan a celebrar la Resurrección y a ser sus testigos.

Queremos reconocer, visibilizar y agradecer tantos signos de vida que hay en nuestras comunidades, en nuestras diócesis, en las ciudades y en el campo, son rostros y rastros de Cristo Resucitado entre nosotros. Al mismo tiempo nos motiva como “resucitados” a trabajar por la vida plena de las personas que sufren, las marginadas, las descartadas de la sociedad, las abandonadas a su propia suerte, las que padecen el olvido de tantos... Un signo innegable de vida es la propia vida de tantos sacerdotes, religiosas, religiosos, laicos que, en las pequeñas y simples cosas, en los detalles cotidianos, manifiestan el amor a Dios y el amor a los demás con fidelidad, alegría y generosidad de modo silencioso y concreto.

Entre muchos otros signos, destacamos el trabajo de Cáritas y otros grupos u organismos de asistencia y promoción de los más pobres y abandonados, que están sirviendo desde hace mucho tiempo y se potenciaron en el tiempo de la pandemia de una manera muy especial hasta arriesgando su vida.

También se multiplican los grupos que se organizan para atender el mundo de las adicciones. En las ciudades, en nuestros pueblos, en la zona rural, en cada rincón de nuestro provincia, se abren espacios para acoger a los jóvenes que son víctimas de este flagelo. En ese acoger, los acompañan, le brindan su atención, se les posibilita recursos terapéuticos o de otro tipo para cuidar esa vida vulnerable, frágil y amenazada.

Constatamos que muchos voluntarios están trabajando en el rescate de tantos niños, adolescentes y jóvenes que han dejado o han quedado fuera del sistema educativo. Se van reproduciendo lugares donde se brinda apoyo escolar para que puedan reintegrarse, como así también para tratar de que tengan mayores oportunidades en su formación, con equidad y calidad educativa.

Existen muchas iniciativas de cercanía y ayuda al sufrimiento de la mujer, postergada y tantas veces víctima de violencia y de todo tipo de abusos. De la misma manera la atención de niños, adolescentes y jóvenes en diferentes situaciones de crisis y dificultades, asi como voluntarios en merenderos, comedores, talleres, huertas, espacios recreativos, deportivos y artísticos.

Es hermoso resaltar la presencia de tanta gente de nuestras comunidades que prestan servicios como catequistas, celebradores, animadores, que a menudo, con pocos medios, pero con mucha creatividad y corazón llevan la Palabra de Dios a los hermanos y hermanas, misionando, catequizando y convocando al encuentro para la celebración y la oración.

Siempre presentes en el lugar del dolor y del sufrimiento, sosteniendo en la enfermedad y consolando en la muerte de seres queridos. Valoramos la centralidad que va recobrando la Palabra de Dios y la oración en nuestras comunidades, lugares y espacios de presencia del Señor y de encuentro, de sanación y de reconciliación, de búsqueda compartida de la voluntad de Dios para nuestro tiempo.

Cabe reconocer, que nos vamos involucrando e integrando al camino sinodal al que nos convoca la Iglesia y que estamos recorriendo. Actualmente se perciben muchos gérmenes de vida y renovación para los vínculos, procesos y acciones eclesiales que nos señalan un estilo de vida que el Espíritu Santo quiere imprimirnos.

El Señor Resucitado como con los discípulos de Emaús camina con nosotros; nos escucha cuando desahogamos nuestras frustraciones, decepciones, fracasos, vacíos; percibe nuestros sentimientos de tristeza y abatimiento, desolación e incredulidad. Pero poco a poco, en medio de tantas sombras y desilusiones, nos vuelve a iluminar la razón con su luz y a encender el corazón con su amor donde lo descubrimos como el centro y sentido de nuestras vidas. Que la Pascua del Señor de este año nos ayude a contemplar al Crucificado pero abiertos para recibir el anuncio de la presencia del Viviente y el comienzo de un nuevo amanecer.

Que el encuentro con el Resucitado nos colme de alegría y esperanza, nos entreguemos más plenamente a Él con fe ardiente y con corazón amante. Así viviremos con nuevas fuerzas el compromiso de nuestro bautismo para salir al encuentro de los hermanos perseverando en el camino de hacer el bien y estimulados a anunciar con entusiasmo el Evangelio siempre y en todo lugar. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Fuente y foto: EL LIBERAL


TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR