hace 6 años - ZONALES
Tiempo de lectura: 4 minutos, 14 segundosComo a la mayoría de los nacidos y criados en el campo, la vida de Raúl Gómez no fue fácil. Nació en 1943 en Colonia Larrea, muy cerca de Las Breñas y el destino lo llevó de muy pequeño al trabajo rural en Colonia La Tota, al sur de Gancedo.
Años más tarde conoceríamos esos parajes como el epicentro de la lluvia de meteoritos y campo de cráteres de Campo del Cielo.
Una de sus hijas, María, me contaba que Raúl trabajó de cosechador, puestero y tractorista. Seguramente, como todo trabajador rural, se desempeñaba en más labores aún.
Tendría veinte y pico de años cuando, como en otras ocasiones, se internó en el monte a cazar iguanas, me relató alguna vez su hermano Silvano. Pero ese día no iba a ser uno más. Lo que vio Raúl mientras macheteaba el duro monte para hacerse camino, cambiaría la historia del Chaco para siempre. En medio de aquella llanura, muy boscosa para aquellos años, tropezó con un gran “bajo” o laguna seca. Esto llamó su atención, pero no cambió su día ni objetivo, la cacería siguió. Lo que vendría después, deja ver que aquella depresión en el terreno quedó en sus pensamientos, y que como anécdota fue comentada entre amigos, quizás buscándole alguna explicación.
Tiempo después, Raúl, que había quedado sin trabajo en La Tota, regresaría a Las Breñas a trabajar en la cosecha para ganarse el sustento. Serían principios de los ‘60.
Casi al mismo tiempo y a menos de dos kilómetros del sitio de cacería de Gómez, un joven científico norteamericano y sus asistentes comenzaban a armar su campamento base en el campo de la familia Cárdenas. Era el geólogo William Cassidy, que acompañado de un grupo compuesto por investigadores americanos y argentinos comenzaría a estudiar la extraña aparición de fragmentos de meteoritos en algunos de los cuatro grandes bajos conocidos desde principio del siglo veinte, como también en los campos de los alrededores. Otro objetivo de aquel grupo pionero y quizás el más ambicioso, era dar con el mítico Mesón de Fierro, meteorito visto por última vez en 1783, durante la expedición del Teniente de Fragata Miguel Rubín de Celis, acompañado por el Ingeniero Pedro Antonio Cerviño, el coronel Francisco Gabino Arias y doscientos hombres como expedicionarios.

Le sobraban recursos a Bill Cassidy, como le gusta que lo llamen. Sus trabajos de campo fueron financiados por el Lamont Geological Observatory, de la Universidad de Columbia y la Fundación Nacional de Ciencias de los Estados Unidos de Norteamérica. Contaba con la colaboración de la Dirección de Minería de la Nación e incluso de la Armada Argentina. Aun con tantos recursos en sus manos, tardaría muy poco en darse cuenta de que Campo del Cielo, como ya se conocía a aquella región, no le haría las cosas fáciles. Había que lidiar con el bravo monte y la falta de caminos entre otras muchas dificultades para estudiar los sitios de interés.
Mientras investigaba los primeros “bajos” ya conocidos y confirmaba para la ciencia su origen como impactos de meteoritos utilizando tecnología de punta como el recientemente inventado magnetómetro de protones, su lúcida mente de investigador le decía que podría haber más cráteres formados durante aquella remota caída. Pero, ¿dónde se encontraban? ¿Cómo los buscaría? Se apoyó en fotografías aéreas disponibles del Instituto Geográfico Militar e incluso consiguió la realización de vuelos solo para su proyecto en busca de nuevos cráteres, pero los resultados no llegaban. La espesa vegetación guardaba con recelo los milenarios secretos que yacían bajo su cobertura.
La personalidad amigable y solidaria de Cassidy logró rápidamente hacerse de la confianza y admiración de los pobladores locales, y fue la llave maestra a los descubrimientos que vendrían. Bill comenzó a preguntar a los locales si habían visto bajos, represas o lagunas secas en sus recorridas por los montes y los descubrimientos aparecieron de a decenas.
Algunos pobladores ya se habían topado con estas raras formaciones y otros salieron a buscarlas.
Hoy conocemos cerca de treinta cráteres de impacto en Campo del Cielo, pero al cierre de las campañas de 1962 a 1972 se conocían veinte. Catorce de ellos descubiertos por pobladores locales, cuatro considerados históricos y dos descubiertos por personal de Cassidy.

“No encontramos ningún cráter por nuestros medios, pero los pobladores locales sabían dónde estaban”, contaba William Cassidy cuando se le preguntaba por los descubrimientos y se refería a Carmen Sosa, Luis Salas, Chacho Carpio, Raúl Gómez, Luis Salas, Alberto Ríos, Leonardo Cisneros, Sergio Ruiz, Félix Basualdo, Silvano Gómez y Vásquez. Cada uno de ellos descubrió uno o varios cráteres y estos, fueron bautizados con sus nombres.
Hasta el presente, más de ciento veinte toneladas de meteoritos fueron recuperados de algunos de estos cráteres, e hicieron de Campo del Cielo lo que conocemos hoy.
Fue en aquellos días de gran protagonismo de los pobladores locales cuando alguien comentó al grupo de Cassidy la anécdota de Raúl Gómez cazando iguanas. De inmediato fueron a buscarlo a Las Breñas para pedirle que les indicara el sitio donde había encontrado ese “gran bajo o represa”. Raúl volvió a esos campos que tan bien conocía y le llevó días de búsqueda por el monte volver a dar con la depresión con la que tropezara tiempo atrás y que muy pronto se convertiría en el Cráter Nº 10 Raúl Gómez.
02-08-19 Fuente y foto: DIARIO NORTE
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